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- Lawrence de Arabia, 1962

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- Fitzcarraldo, 1982

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viernes, 25 de julio de 2014

lunes, 5 de mayo de 2014

Looking for Eric

Sobre “Buscando a Eric“ de Ken Loach

En esta película en realidad, no interesa mucho el trabajo de Barry Ackroyd, cuya fotografía
sólo cumple con los requerimientos estilísticos del director, ni el de George Fenton, cuya 
música simplemente hace un poco de magia discreta en uno que otro momento de tensión en 
la película. En su lugar, tendremos que poner nuestra atención sobre los propósitos didácticos 
–en la mayoría de las ocasiones, políticos- de Ken Loach, cuyo estilo como director, se ha 
centrado más en una especie de british social realism, ideal para el desenvolvimiento de 
personajes pertenecientes a la clase trabajadora británica o para generar consciencia respecto 
a la problemática global dentro de las sociedades contemporáneas. Y claro, también a las 
ocurrencias que el guion de Paul Laverty se permite al incorporar de manera bastante cómica 
(e incluso con reminiscencias de cierto realismo mágico) al personaje de Cantona. 

Sin estropear la historia, la película oscila entre la comedia que afirma la vida y la catástrofe 
acerca de Eric y su familia. Y aunque en ocasiones el tono melodramático y sentimentalista 
del filme nos dará la apariencia de cierta predictibilidad, a mi parecer, éste es un recurso que 
ayuda a aliviar la anécdota de cualquier incomodidad política, tal y como hace por 90 minutos, 
un estadio de futbol. No obstante, la película no pierde de vista la crudeza social en la que 
vivimos, tomándonos por sorpresa con escenas como la del cateo o la del narcotraficante 
humillando a Eric Bishop. 

Tal vez la situación y desafíos a los que se enfrenta el protagonista, también puedan 
parecernos bastante montados, sin embargo, tomando en cuenta las pretensiones de Ken 
Loach, se trata de una realidad sintética, en la que se abordan diversas problemáticas sociales, 
tales como el individualismo, la apatía, la sujeción ante la adversidad, la impotencia y las 
contradicciones del trabajo en el sistema de producción capitalista. Podrá parecernos entonces 
que el filme es pretencioso al querer plantear de manera tan breve, temas tan complejos 
como el narcotráfico, la admiración irracional hacia ciertos iconos y la situación social de la 
clase trabajadora inglesa, pero no perdamos de vista que ante una realidad con un alto grado 
de inconmensurabilidad, la síntesis es la mejor opción y más si nuestras intenciones son 
didácticas. Pienso, pues que el guion capta de manera singular, la esencia política con la que 
Loach ha venido trabajando. En palabras de Laverty: “Cada historia es política porque hay que 
elegir los personajes y su entorno, cómo los tratas y los valores que retratarás en la película”.

Como el título de la película lo dice, ésta trata sobre la búsqueda que Eric hace de sí mismo; 
como ídolo y como fuerza simbólica que subyace dentro de cada persona. Esto a través de otro 
ídolo y símbolo como lo es Cantona; alegoría de esa grandeza interna dentro de cada uno de 
nosotros y que solemos proyectar en la apoteosis del héroe. Todo sucede alrededor de dicha 
dualidad que encarnan estos dos Erics; uno es el polémico futbolista Eric Cantona (interpretado 
por sí mismo) y el otro Eric Bishop, un cartero interpretado por Steve Evets, a quien vale la 
pena dar mérito por lograr darnos la autenticidad de un complejo personaje que transita por 
el miedo, la culpa, el abatimiento y la fragilidad para encontrarse con el valor, la asertividad y 
coraje propios.

Abundan esas dualidades y paradojas a lo largo del largometraje. La búsqueda del protagonista 
por recobrar la confianza en sí mismo con ayuda de un futbolista con exceso de ésta. Un 
obrero siendo instruido por una estrella del balompié; siendo aconsejado por una figura de 
irresponsabilidad mediática y conductual reconocida. Ese invento inglés que ellos llaman 
football, generando consciencia social.

A pesar de todo lo anterior, Cantona es quien sabrá enseñarle que un pase es la jugada 
más memorable que se puede hacer en un partido; confiar en nosotros mismos y en 
nuestros compañeros de equipo. Y esto será pauta para que, con ayuda de la solidaridad, la 
cooperación organizada y el compromiso social, Bishop pueda tomar nuevamente, las riendas 
de su vida.

Se trata de una apología del hooligan (Bishop y sus amigos), como un ser lleno de pasión 
y voluntad de cambio. Reivindicándolo a través del valor gregario del futbol, la relación 
que tiene con el proletariado y cómo le permite a éste, liberarse, por un momento, de sus 
preocupaciones. Esto en contra de las percepciones negativas que existen en torno a este 
deporte, visto siempre como violencia insensata, como negocio sumamente rentable, como 
opio del pueblo y lleno de jugadores codiciosos que sólo buscan monopolizar el balón, 
incapaces de jugar en equipo y mucho menos, de ofrecer su ayuda a un trabajador cualquiera, 
olvidando que es éste quien paga los lujos con los que vive.

Es tal vez, esta deuda la que desencadena toda la historia. Porque como alguna vez dijo Juan 
Villoro, “el futbol concede la gloria sin pasar por la justicia”. En esta ocasión, el futbolista tendrá 
que pasar por esa justicia que con facilidad ha evadido, tendrá que reivindicarse ayudando 
–aún como alucinación- a un desdichado cartero, devolviéndole la confianza en sí mismo y 
mostrándole cómo impartir justicia a lo Cantona, una inmediata y espontánea, lanzando una 
patada a quien se la merece en el momento adecuado, sin inhibiciones, sin tomar en cuenta 
que millones de espectadores te estén viendo, haciendo gala y sirviéndose de la propia fama 
y divinidad. Para ilustrar lo anterior, cito nuevamente a Villoro: “La pelota reclama afecto. Si 
es pateada con pasión, el tiro acabará en las redes. Si es pateada con angustia o despecho, 
acabará junto a un vendedor de cervezas”.

Este es el vigésimo sexto largometraje de Ken Loach y a pesar de tener un tono más ligero 
que otros de sus trabajos como Riff Raff o Tierra y Libertad, mantiene su compromiso político, 
siempre pensando en la participación del público. “Sólo el 50 por ciento del proyecto es 
nuestro trabajo. El otro 50 por ciento es lo que la gente trae en su mente y su imaginación y 
experiencia.” – P. Laverty. 

Referencias:

• Buscando a Eric, un cuento de hadas actual. (Marzo 3, 2010). Recuperado de: http://
www.lavozlibre.com/noticias/blog_opiniones/15/55191/buscando-a-eric-un-cuento-de-
hadas-actual/1

• Working class life, two Erics and teamwork. (Junio, 2009). Recuperado de: http://
www.socialistreview.org.uk/article.php?articlenumber=10860

• Buscando a Eric. (Marzo 26, 2010). Recuperado de: http://cachecine.blogspot.mx/2010/
03/buscando-eric-7-10.html

• Eric Cantona, El Diógenes de las canchas. (n. f.). Recuperado de: http://
revistareplicante.com/eric-cantona-el-diogenes-de-las-canchas/

• Villoro, J. (2006). Dios es redondo. México. Editorial Planeta.

Marcos Ignacio Hidalgo Sánchez
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domingo, 13 de abril de 2014

Sobre "Un tranvía llamado deseo" de Elia Kazan

Sobre "Un tranvía llamado deseo" de Elia Kazan

El Personaje es el presente de un destino dinámico, donde el cúmulo de ilusiones, anhelos, decepciones, duelos y relaciones con su entorno, se manifiestan a través de su personalidad. Es el cuerpo de un propósito determinado por las circunstancias socioculturales que envuelven a un sujeto. De tal manera que toda caracterización de un personaje, describe y engloba las razones que hacen que éste exista en torno a una historia. Es decir, al situarnos en el Personaje podremos comprender de manera dramática el devenir de la historia a través de sus decisiones y la justificación de su ubicuidad a través de su pasado y sus interacciones con otros personajes.

Todo personaje nos lleva a un “aquí y ahora”, proyecta un desenlace y se proyecta desde un motivo. Sin embargo, para que esto suceda dentro de una película y que además ayude de forma dramática al desarrollo de la trama, se requiere, de la efectiva construcción de éste. Y a mi juicio, esto sólo se obtiene de la mano de un gran trabajo en los ámbitos de montaje –para lograr tan expresivos primeros planos como los que vemos aquí-; composición fotográfica –para obtener una dialéctica de luz y oscuridad tan presente dentro de estos personajes-; guión –con los personajes tan elaborados y tan memorable narrativa de T. Williams y su acotación visual en esta adaptación cinematográfica-; y por último, la mas notable del tranvía, la actuación –que sin el magistral trabajo de Brando, Vivien Leigh, Kim Hunter y Malden, el proyecto habría sido imposible-. 

Elia Kazan logra entonces llevarnos al clímax del magnetismo de Marlon con cada gesto de Stanley en cada encuadre prolongado y close-up que se le hace. Demuestra que su fórmula del Actor’s Studio, ha surtido efecto al crear actores de esta talla. Hace que el Personaje se convierta en el ocaso mismo de la historia a través de un significativo manejo de la oscuridad para generar suspenso (v. gr. la enigmática aparición de Blanche entre la niebla; la bruma de su pasado) y como símbolo de lo que se oculta (v. gr. Blanche disimulando su edad con ayuda de la penumbra de la casa). Mantiene el guión entre lo teatral y lo visual en admirables escenas como la de Stanley gritando por Stella y su subsiguiente reconciliación, cargada de emotividad, pasión, sensualidad y amor. Y solventa esta sensualidad con el plus del erotismo jazzístico de la banda sonora.

Por último, en la película, como elementos forjadores de la personalidad de nuestros personajes, están presentes la inmigración, la pérdida del estado de confort y puritanismo (valores aristocráticos), el machismo, el patriotismo y su sueño americano, el conservadurismo y la posguerra. Se origina así, una especie de arquetipo conductual que delimita sus interacciones y que se exterioriza mediante su sexualidad.

Prevalece, además un discurso antropológico-psicológico del individuo y sus deseos pulsionales en conflicto con la sociedad sancionadora. Una dicotomía entre la conciencia moral (el ‘superego’) -que surge en todo proceso civilizatorio- y los deseos libidinales (‘id’), lo que en el peor de los casos, arrinconará al ‘ego’ a un constante sentido de culpa, que a su vez lo llevará a un estado de delirio como el que se aprecia al final del film. Para reforzar este discurso, tenemos la constante tensión sexual y verbal entre cada uno de los protagonistas. Hay también múltiples referencias en el guión respecto al deseo y analogías que Blanche establece entre los simios y Stanley.

El tranvía llamado deseo, nos traslada hasta una Nueva Orleans inmersa en choques culturales, rodeada de exceso y crueldad. La sociedad esconde esta crueldad castigando no con la muerte, sino con el ostracismo y disimula la responsabilidad de sus integrantes, señalando nuevos culpables. Se esconde detrás de códigos napoleónicos, puritanismo y difamación. Al final, ésta sabe que provocó el suicidio de Allan al discriminarlo, luego culpo a Blanche de esta muerte y la presionó hasta su locura; intentó disimular la responsabilidad de Stanley, presentándolo impasible jugando al póquer pero no lo logra cuando Stella toma consciencia de la desgracia que le ha traído su personalidad cautiva. Quizás castiga a Stanley o quizás permanece siendo cómplice de su autoridad.
Marcos Ignacio Hidalgo Sánchez
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Acerca de Wild Bunch de Sam Peckinpah

Acerca de "La Pandilla Salvaje" de Sam Peckinpah


Espléndido inicio de película que a modo de preparativo de una increíble carnicería, nos da muestras del buen trabajo de Jerry Fielding pautando la marcha con sonidos marciales; de Lucien Ballard saturando la imagen de colores polvorientos y asoleados; de la cámara lenta de Peckinpah y los múltiples cortes de Lou Lombardo que van multiplicándose conforme el film avanza, nos muestran tres situaciones introductorias distintas (montaje paralelo) que, al detenerse la música, convergen en una violenta masacre llena de emoción y ritmo.

Una violencia gráfica que podrá ser injustificada pero no más que la que se perpetuaba en Vietnam en aquellos años en los que se filmaba la obra. Una violencia arbitraria y absurda tan similar a las razones que desencadenan esta primera matanza del film. Matanza que servirá de metáfora de ese incoherente y contradictorio éxodo que en todo western se emprende en búsqueda de la libertad masculina, de la consolidación de la identidad y la reafirmación de los propios ideales, siempre cabalgando por un sendero lleno de venganza y brutalidad inútil.  

Así es como partimos de un atardecer lleno de sangre, que se abre paso a través del amanecer de nuevas máquinas de la revolución industrial que arribaba en Texas y México, hacia el ocaso de unos forajidos. El amanecer de una locomotora llena de nuevas metralletas y automóviles. Amanece también una juventud que si bien representa la instintiva crueldad del hombre, es muestra de la llegada de una nueva generación de mercenarios cada vez más fríos y mecánicos. El atardecer termina en el inminente declive de unos forajidos que, desde hacía tiempo, ya no tenían razón de ser en este Nuevo Oeste. 

Walon Green y Peckinpah llenan de poesía la anécdota al encarnarnos en hombres descontextualizados que se desvanecen en unos primeros planos, congelados a modo de un esténcil de sus fantasmas. Sin rumbo; cruzando el Río Bravo sin notar diferencia entre el salvajismo que hay de un lado y del que hay del otro. Sin bando; asaltando los trenes de sus compatriotas para llevarle armas a un caudillo mexicano. Sin tiempo; viviendo entre la inocencia de su pasado, la culpa de su presente (v. gr. la traición de Pike hacia Thornton) y la fatalidad de su futuro. E incluso nos sintetizan el drama en los labios de Urueta con la memorable: "Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores de nosotros; tal vez los peores más que nadie".

Tenemos personajes regidos por un obsoleto código de honor, lealtad y camaradería, que aunque acompañado de valores vacíos y laxos, permanece con un discurso más franco y directo (v. gr. asesinato a sangre fría de Buck por parte de sus colegas) que el de aquél que hipócritamente ostenta la "Liga de la Abstinencia", poniéndole precio al vaso de vino que condenan. Incluso más sustancioso que la simple codicia que guía a los mercenarios que acompañan a Thornton. O aún más trascendente que las bien retratadas -a mi parecer- intenciones ácratas del Mapache -viva imagen de una parte del fenómeno caudillista en México-.     

Esta narrativa está acompañada con la vista de un paisaje serrano que esconde el advenimiento de la Primera Guerra Mundial. Entre las laderas, las fachadas tipo saloons y las haciendas mexicanas de los años de la revolución, presenciamos el fin de una era y sus héroes. Los colores de Ballard, aportan cargando a los personajes de una estética desgastada y crepuscular. Y las actuaciones transmiten el cansancio y la decadencia del héroe del western, en un reparto conformado por veteranos del género como William Holden, Edmond O'Brien, Robert Ryan y Ben Johnson. 

La película es un viaje por el sinsentido (al modo de lectura existencialista) de estos antihéroes, empezando con la innecesaria muerte de inocentes, pasando por la caída de los alacranes (héroes y caudillos), hasta llegar a las violentas llamas que consumen con voracidad a todas las hormigas (cualquiera de nosotros). Y al final, los ideales de estos viejos, logran completarse a través de la muerte y de los nuevos propósitos de Sykes y Thornton. 

Marcos Ignacio Hidalgo Sánchez
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jueves, 10 de abril de 2014

Miedo y angustia en Eric Bishop de Looking for Eric


Cuanto más me alejo de todo, más temo a todo, y más me alejo de todo.
Antonio Porchia

Resulta interesante ver cómo muchas personas viven sin vivir su presente a causa de un vacío o dolor creado por el pasado y cómo sus vidas no avanzan ni logran encontrar momentos felices porque el miedo parece ser el único motor de su existencia. El cine ha reflejado muy bien esta situación humana y más recientemente, la película británica Looking for Eric, dirigida por Ken Loach. En ésta se narra la historia de Eric Bishop, un hombre con una crisis existencial, lleno de remordimientos y con el anhelo de haber vivido al lado de su primer amor, Lily, a quien abandona con su hija pequeña.

La trama de la película inicia con Eric treinta años después de este suceso, ahora él es responsable de sus dos hijastros adolescentes, hijos de su segunda esposa quien los abandonó. El carácter del personaje Eric es débil, sin esperanza, miedoso, tímido y solitario. Tiene varios amigos pero ni ellos ni su trabajo como cartero le brindan alegría por la vida. La relación con sus hijos es un desastre, no logra poner orden en su hogar y ellos, como adolescentes, no siguen sus reglas ni lo obedecen en nada. Eric es más como un fantasma en su propia casa. Esta situación y el arrepentimiento de haber abandonado a su primera esposa lo tienen sumido en la desesperación. Su carácter le impidió buscarla y explicar la razón del abandono, por lo que esa carga emocional lo persigue durante toda su vida, a pesar de mantener relación con su hija natural de treinta años.  

Un aspecto importante se suma a la película: la aparición de Eric Cantona, una alucinación encarnada que tiene del famoso futbolista, de quien Eric Bishop es fiel seguidor a pesar de que el deportista se haya retirado del medio muchos años atrás. Esta figura será el detonante para que Bishop comience a cuestionar su propio proceder ante la vida y sus circunstancias.



Un tema que sobresale en la película es cómo las cosas se pueden lograr mejor en equipo. Al final Eric sólo puede resolver sus problemas con la ayuda de sus amigos y de la figura del futbolista, a pesar de que sólo sea una alucinación, pues funge como elemento de introspección del personaje casi como auto terapia psicoanalista. Las respuestas siempre están en Eric, pero sólo saldrán a la luz y se accionarán con el apoyo de los amigos. Y a pesar de que el tema del futbol no sea el principal, sí es un recurso dramático análogo que refuerza la idea de equipo para poder triunfar.

Además de ese tema, es destacable cómo el director Loach nos va descubriendo los secretos del personaje principal, con el que cualquiera se puede identificar fácilmente. El hecho de no afrontar el pasado puede obedecer a muchas razones y no tener una respuesta para ello, como Eric, que al enfrentarse de nuevo con Lily sólo puede decir que la abandona por miedo. Respuesta fácil y hasta increíble, pero nada más acertado que esto, pues el miedo y la angustia son más comunes de lo que parece. Pero, ¿cuál es el verdadero miedo de Eric? Para responder a esta pregunta sirvan las reflexiones hechas por Martin Heidegger en su Ser y Tiempo.

El filósofo nos dice que la angustia emerge desde el ser mismo, está dada intrínsecamente en el ser humano, es una angustia de la existencia, de lo desconocido para el sujeto; en cambio, el miedo está dado por algo que se conoce. En términos temporales: “La angustia se origina a partir del futuro de la resolución; el miedo, desde el presente perdido, que medrosamente tiene miedo del miedo, y así cae justamente en él.[1]

Sabemos que Eric Bishop tiene miedo, y a veces podría decirse que angustia. De hecho, tiene los dos, pero en diferentes momentos, y ambos se van modificando conforme se avanza en la trama. De manera sutil y pausada se nos van dando pistas sobre qué es realmente lo que le ocurre a nuestro personaje. Las conversaciones con Cantona van desvelando los miedos y frustraciones de Eric y a veces resulta hasta desesperante. El baúl de los recuerdos también es un elemento importante para ir descubriendo el pasado y el punto originario de toda la historia. Sin embargo, no es sino hasta la última parte de la película, en el encuentro del café con Lily, cuando sabemos por boca de Eric su razón, y aún así no logra explicarla: un flashback nos ayuda a entenderlo de manera más clara. Sencillamente nos encontramos ante el sentimiento de la angustia.

Eric era feliz en la etapa de enamoramiento con Lily hasta que se casa, pero entra en una especie de pánico inexplicable, angustia hacia lo desconocido, el futuro y la nueva etapa de matrimonio que vendría. Su angustia fue más grande que su deseo por ser feliz y lo demás deviene en miedo. Pero ahora, será un miedo a algo conocido, a enfrentar la realidad que había provocado, a dar una explicación de algo que él mismo no podía comprender, porque la angustia es algo más fuerte que el miedo. De hecho, el miedo lo pudo vencer después de todo.

En Eric podemos encontrar un miedo mayor y miedos menores. El miedo mayor es el hilo conductor de toda la trama, el de enfrentarse con el pasado. Pero en este transcurrir, el presente le va agregando nuevos miedos, como el de la relación con sus hijos y el del conflicto que surge con uno de ellos al esconderle una pistola a unos “tipos malos”. Cuando Eric se da cuenta que este suceso puede tener consecuencias fatales, toma una decisión. En este momento el personaje comienza a dar un giro notable, en parte gracias a los consejos de su amigo imaginario. Después de un intento fallido por resolver el problema, decide buscar ayuda con sus amigos, quienes aportarán la solución al conflicto.

El resultado del enfrentamiento es positivo y hace que Eric renueve su autodeterminación y vea de otro modo la vida. De ser un tipo retraído, débil y temeroso, se convierte en alguien con ánimo de afrontar sus miedos y sobre todo el pasado.

Miedo y angustia son estados o sentimientos tan humanos que es casi imposible no tocar el tema fílmicamente. Looking for Eric es una de esas películas que dan aliento, contiene eso que todo el mundo vive, es imposible, por tal razón no identificarse con el personaje. El recurso de contar una historia de alguien tan sencillo y común, además de contrastarlo con una figura de renombre, hace que ambos personajes estén al mismo nivel.  Las escenas un tanto cómicas que también contiene, le dan un buen ritmo a la historia, dotándola de sutiles toques de ligereza: un ejemplo de cómo la vida no es del todo angustia o miedo, sino que es finita y preferible vivirla en el presente y no morir en el pasado. Eric comprende esto y le da un nuevo valor a su existencia y a todas las personas que le rodean.






[1] Heidegger, Martin. Ser y Tiempo. Ed. Universitaria. Chile. 1993. P. 361.
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martes, 8 de abril de 2014


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